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2019-06-28

2019/06/28

viernes 28 de junio de 2019.

Era mediodía. El Obispo Noé y yo, ya revestidos para la consagración, oramos a Dios en la sacristía. Era imposible no contener las lágrimas. Salimos y llegamos a los pies del altar. Después de hacer nuestra genuflexión nos arrodillamos en unos reclinatorios que habían dispuesto para nosotros.

De repente voltié (giré con la cabeza) a ver el cuadro. Éste no tenía la imagen del Sagrado Corazón, estaba en blanco.

Empecé a ver cómo en torno al cuadro unas nubes blancas y en medio de ellas estaba Nuestro Señor vestido con una túnica blanca, un blanco sin igual y una capa roja que le hacía relucir su mirada. El color de su piel como el trigo, su mirada llena de amor; me habló con dulzura y me dijo:

Amado mío, acepto con agrado esta consagración y derramo sobre mi Iglesia Remanente todas las gracias y bendiciones que esta consagración conlleva. En los tiempos de la prueba no les faltará el alimento y mi protección. Sois mi pueblo escogido, la nación que he tomado por herencia. He quitado la viña a los malvados y os la he dado a vosotros mi pueblo fiel. Reciban mi bendición y no dejen de orar.

No podía contener las lágrimas. El Obispo Noé consagró al mundo como El Señor lo había pedido.

Gracias por proteger y bendecir a tu iglesia fiel.

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