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2018-12-09

2018/12/09

domingo 09 de diciembre de 2018

El Señor Jesús habló en mi interior y me dijo:

Hijo, te invito a que abras tu corazón. Quiero depositar dentro de ti un sin número de gracias que elevarán tu espíritu a la contemplación; a escudriñar algunos misterios divinos que sólo revelo a los sencillos, a los pequeños.

Abre tus oídos a mi voz, quiero hablarte, quiero seducirte con mis palabras, quiero hacer de ti alma reparadora. Eres el verdadero apóstol de mi Sagrado Corazón. Por eso cumple con mi pedido de amor.

Junto con los que quedan del grupo haz una Hora Santa. Hora en la que consueles mi corazón porque soy injuriado, maltratado por todos los pecados de los hombres, soy excluido del corazón de muchos de mis hijos. He tratado de entrar en el corazón de todos ellos pero algunos, en vez de corazón de carne, tienen corazón de pedernal. Corazón duro, insensible. Corazón arrogante y prepotente. Corazón más inclinado a las cosas del mundo que a las cosas del cielo.

Otras veces me permiten entrar, pero ¿qué encuentro?… desolación, olor nauseabundo porque aún no han cortado de raíz con el pecado, aún son esclavos de Satanás, esclavos de las pasiones de todo tipo de desórdenes. Todo esto traspasa mi corazón de lado a lado.

En esta hora santa que realizarán les pido que hablen conmigo como se habla con el mejor de los amigos para que se postre a los pies de La Santa Cruz todo el hombre viejo que aún no ha muerto en ustedes. Para que hagan un examen que los lleve a reconocer sus miserias, sus debilidades. Examen que les haga doler el corazón porque muchas veces me han ofendido, muchas veces se han separado de mi por caminar en búsqueda del placer, de una felicidad engañosa porque el mundo jamás les dará la paz. En el mundo jamás encontrarán la verdadera felicidad. Sólo en mí tu corazón rebosará de paz. Sólo en mi podrán encontrar sentido en su vida. Aprovecha este encuentro que tengo ahora contigo. Mírame, quiero darles de nuevo brillo a sus ojos. Mírame, quiero ser su encanto, su fascinación. Mírame, quiero que se sonrían, quiero que sientan el gozo de haberme encontrado en la soledad de mi tabernáculo. Mírame, que purificaré tu mirada y la de ellos para que así no la vuelva a empañar la luz del espíritu malo, sus malos pensamientos, sus malos deseos con sentimientos que no provienen de mi.

Aquí estoy vestido de sencillez, gran misterio de amor e insondable en mi presencia eucarística en todos los sagrarios de la tierra. He visto tu preocupación. No te preocupes mi niño, te socorreré muy pronto en estos días. Todo te lo revelaré, te confié una gran tarea. Sé que te acercas a mi con corazón de niño. No pretendas discernir los misterios de Dios bajo tu raciocinio menguado. Soy El Absoluto, El Creador de Cielo y Tierra que se ha quedado en la Hostia Consagrada para no dejar huérfanos a mis hijos.

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