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2018-02-16

2018/02/16

viernes 16 de febrero de 2018

Desde el pasado miércoles de ceniza mi alma se siente en un ambiente sobrenatural. Siento el abandono de Dios. Fuí a misa y durante el ofertorio El Señor Jesús me trasladó en espíritu al Gólgota. En el suelo estaba dispuesto el altar para el sacrificio (La Cruz). No dejaba yo de escuchar al sacerdote dando la misa mientras contemplaba el misterio de nuestra redención.

Los soldados tomaron a Nuestro Señor, le arrancaron la ropa y las heridas se le abrieron de nuevo. ¡Qué cruel espectáculo ese!. Se mofaban de su sagrada persona. La sangre brotaba por todo su divino cuerpo. Lo recostaron sobre el madero y con unos clavos como de 15 cm de largo pusieron su mano sobre el madero, luego un pedazo chico de madera y comenzaron a clavarlo. ¡Qué dolor! , la sangre brotaba a raudales. Oh Jesús mío… perdón.

Así hicieron con la mano derecha, sólo que esta no alcanzaba al hoyo ya preparado para el clavo y con un lazo jalaron su sagrado brazo el cual se safó de su hombro. Oh Jesús mío… perdón.

Clavaron su mano y sus pies al madero. El derecho encima del izquierdo. Levantaron la cruz y la dejaron caer en el hoyo que habían hecho en la colina. Su sagrada cabeza pegó en el madero y lo hizo sangrar más ya que el casco de espinas a la altura de la nuca tenía un nudo grueso de espinas de donde esta se sostenía.

“Tomen y coman todos e él, esto es mi cuerpo que será entregado por ustedes.” … decía el sacerdote.

Su agonía era cruel. Escurría la santa sangre por el madero, dio un grito fuerte y murió. Un soldado traspasó su costado y salió un chorro de sangre y agua.

No escatimaste nada hasta la última gota de tu sangre. Oh adorado Jesús, que tu sangre no haya sido en vano.

“Tomen y beban todos de él porque éste es el cáliz de mi sangre. Sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados.”… decía el sacerdote.

Un silencio sepulcral se hizo en ese momento, comenzó a temblar la tierra. Yo estaba a un lado de Nuestra Señora Madre la cual se desmayó al ver aquella cruel lanzada. Los sumos sacerdotes y la mayor parte del pueblo huyeron espantados de aquel lugar.

Bajaron el cuerpo de la cruz y se lo entregaron a Nuestra Santa Madre triste y afligida. Alcé mis brazos al cielo para ofrecer el sacrificio al Eterno Padre.

“Por Cristo, con él y el él, a tí Dios Padre Omnipotente en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”… decía el sacerdote.

En ese momento volví a la iglesia y desde el altar El Señor Jesús me dijo:

¿Ahora si me vas a responder? ¿Podrás beber conmigo del mismo cáliz?

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